¿Cuántas veces intentaste “arreglar” al otro o apurarlo para que camine a tu ritmo?
Nos han vendido la idea de que el amor es encontrar a alguien que encaje perfecto, sin fisuras. Pero la verdad es que no podemos obligar al otro a caminar al lado nuestro si no es su momento o su ritmo.
Ser pareja no es una carrera de velocidad. Ser pareja es crecer juntos. Es tener la capacidad de sostener al otro cuando se cae, y la humildad de caminar lento porque el otro necesita ir más despacio hoy. Es dejarse arrasar por la marea cuando el otro, en su entusiasmo, intenta ir más rápido.
Es una danza, no una exigencia.
Somos aprendices, no víctimas
Nunca hay que olvidar que somos dos. Y en esta vida de a dos, no hay culpables ni víctimas, sino aprendices humildes de la vida.
Solemos juzgar lo que nos molesta del otro, pero te aseguro algo: si puedo amar tus partes rotas, es porque he comenzado a amar las mías. El vínculo funciona como un espejo. No se trata de correr al lado para competir, se trata de caminar de pie. De descansar cuando el otro se cae y tener la fuerza para sostenerlo.
Al final, amar es amarse a uno mismo. Uno ama al otro con la misma calidad (y las mismas limitaciones) con las que se ama a sí mismo.
El mito de la “media naranja”
Hay una creencia que nos hace mucho daño: pensar que tenemos que estar “sanados” o “resueltos” para poder estar en pareja.
No es necesario que nos sintamos completos para amar. Lo real, lo humano, es amar la incompletitud, porque eso es lo que siempre vamos a ser. Seres en construcción constante.
A veces, en la inocencia de vernos crecer juntos, levantamos una “barrera humana”. Nos blindamos para que no nos toquen las partes rotas, porque tenemos miedo de sufrir. Pero lo cierto es que esas heridas, esos dolores viejos, también merecen ser amados. Son parte de tu historia.
Amar para trabajar (y no al revés)
Merecemos ser amados por lo que somos hoy, no por el potencial de lo que “podríamos ser”. Hay que dejar de exigir que el otro cambie. Merecemos amar nuestras reacciones viscerales tanto como amamos nuestra consciencia elevada.
Muchas veces escucho: “Primero tengo que trabajarme todo esto para poder estar con alguien”. Y yo te digo: No hay que esperar a trabajar todo para amar; hay que amar para poder trabajar.
Porque solo en nuestros vínculos, en el roce diario, es cuando realmente aprendemos a conocernos. Es ahí, en el espejo del otro, donde aparecen nuestros rinconcitos más oscuros para que podamos ponerles luz.
